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sábado, 10 de abril de 2010

Eros y Tánatos

Eros


Las campanas marcaron las dos de la madrugada, era la sexta noche en la que el joven se debatía entre la vida y la muerte. Había enfermado por una extraña fiebre, según los médicos la había contraído por medio de algún pequeño roedor, que le provocaba además de la subida de temperatura corporal, vómitos ,dolores agudos en abdomen y pecho y en varias ocasiones delirios y pérdidas de consciencia. Perdió no pocos kilos en los días en los que se encontraba convaleciente, hecho que su familia y sobre todo su criada, que se ocupaba de atender las necesidades del enfermo (así como de determinadas tareas de la casa), vieran cada vez más cerca el pronostico del doctor; su muerte.


La criada tendría alrededor de unos veintidós años, emigró en su niñez desde el este acompañando a sus padres, que partían de su patria en busca de una nueva oportunidad. Encontró trabajo gracias a la dueña de la casa que le contrató en un principio como un favor personal al relojero del pueblo, que mantenía una profunda amistad con su el padre de la joven, pero pronto se vio deslumbrada por la bondad y el buen hacer de la chica. En la ciudad era conocida como “La virgen de la mansión”, si bien su nombre verdadero no tenia nada que ver, su tez virginal, sus cabellos dorados y sus ojos verdes y grandes, hicieron que fuera merecedora de este sobrenombre (por pocos era conocida su facilidad para ocultar a sus amantes), sin obviar la difícil pronunciación del mismo y el problema que esto causaba a los bebedores más madrugadores.

Dado que las campanas acababan de resonar, decidió hacer su visita nocturna al enfermo. Mientras este mantenía la salud, no habían mantenido demasiado contacto, siempre confraternizó mas con las féminas de la familia, como sabiamente aconsejaba su madre, pero aun así guardaban una relación de respeto y cariño. Por ello, no podía evitar sentir una gran pesadumbre por el repentino cambio en la salud del muchacho.


Subió las escaleras sin hacer el menor ruido para no despertar a los señores, la estancia del joven se encontraba en el ala oeste de la mansión, El trayecto le ocupó a la joven rubia cerca de dos minutos de reloj. Al llegar a la puerta se apoyó sobre el muro y lanzo un leve suspiro mientras maldecía al doctor y a su idea de alejar al enfermo de los demás para evitar posibles contagios.

Empujó con suavidad la pesada puerta del dormitorio, que contestó con un pequeño crujido, y atisbó en la oscuridad la silueta del muchacho. Encendió el candil para comprobar que todo estaba en orden, pero no encontró lo que esperaba; el joven yacía pálido sobre su lecho, sus ojos estaban entreabiertos y mostraban un gran cansancio, la expresión de su cara denotaba dolor. La joven no consiguió en un principio apreciar si estaba vivo o muerto, pero un pequeño movimiento en la caja trafica le mostró que seguía respirando. Se acerco a él, le limpio el sudor de su frente y le colocó un paño previamente humedecido, al colocarlo se percato de que la frente desprendió un gran calor. Temió lo peor y decidió marcharse lo antes posible para no presenciar más la terrible estampa, pero al abrir la puerta en su salida, el enfermo emitió unos apesadumbrados sonidos. Ella se heló de golpe e intento dar sentido a los parcos sonidos que salían por su boca, solo entendió las finales; “cierra los ojos”.


Asustada se cobijó en su cama y no concilió el sueño hasta pasadas varias horas. Despertó recién entrada la mañana, las campanas de la Iglesia doblaban a muerto y los llantos de su señora gobernaban el piso bajo de la mansión.


Tánatos


El tañido de las campanas lo aturdieron, ya no recordaba cuantos días habían pasado desde que se sintió indispuesto en la taberna y volvió a su casa entre mareos.


Noches, o lo que él creyó como noche, después le pareció escuchar a los médicos como anunciaban a sus familiares su próxima defunción, pero aun albergaba una gran esperanza en recuperarse y retomar su vida; esas tardes de paseo por la Avenida Mayor intercambiando miradas con las jóvenes locales, sus noches en la taberna rodeado de lenguas viperinas y sobretodo, los roces aparentemente azarosos con su joven y hermosa criada.


Un profundo pinchazo en el pecho lo desvió de su ensoñación, se retorció o mejor dicho, lo intentó pero apenas tenía control sobre su cuerpo. Los colores y las formas se difuminaron ante sus ojos, creando una espiral en movimiento perpetuo. Contempló los giros durante unos segundos o una eternidad hasta que algo rompió el anodino fondo; se vio a sí mismo antes de enfermar, vestía de púrpura y su rostro mostraba seguridad y serenidad.


-¿Cómo te encuentras?- Dijo la figura de fondo.

-¿Pero...?, ¿Hablas?- Chilló el enfermo de forma desgarradora.

-Tranquilízate, no voy a hacerte daño, ni siquiera puedo, yo soy tú, estoy dentro de tu cabeza, solo soy algo inventado.

-¿Qué quieres decir?- contestó de forma más pausada.

-Mmmm, me consideraba más inteligente -pronunció la figura mientras inclinaba la cabeza- ¿No te resulto familiar?, somos nosotros, siempre he estado contigo, ¿no me recuerdas?.

-Eres una alucinación, es más, tienes mi apariencia, debe haberme subido la fiebre, nada más.

-Ay, querido, que rápido olvidas todo lo que hemos pasado juntos, yo aun recuerdo el día en el que nacimos, nuestro primer beso con la hija del maestro, las carreras por la hierba, las tardes soleadas leyendo cualquier obra de nuestro adorado Hesse, y ¡cómo no!, la otra noche en la taberna, la que hace que nos reencontremos

-¿Como conoces todo ésto? ¿Reencontrarnos?- titubeó el convaleciente.

-¡Pero bueno!, aun sigues sin percatarte, yo lo sé todo de ti, lo sé todo de mí, desde que existes existo, en cada decisión, en cada pensamiento, todo lo que tú eres lo fuiste y lo eres por mí. Sólo he venido para guiarte y llevarte, ahora te tocará a ti ser yo.

-¿Para llevarme? Oh, Dios, ¡eres la muerte, voy a morir!.

-Yo no soy la muerte , aunque exista quién me llama así, ¿no ves que bien luzco el púrpura?, no llevo túnica y nunca he portado una guadaña, ja ja ja – Rió a carcajadas.

- ¿Entonces quién eres?, ¿Qué quieres de mí? - Balbuceó el joven entre lloros.

- Sólo busco alumbrarte, necesito que confíes en mí y cierres los ojos. Créeme, soy tu mayor certeza, lo único que te acompaña desde que nuestra existencia se hizo acto, quién siempre está y estuvo contigo. Mira, es como los giros de esta espiral, siempre continuos, uno introduce a otro. Llámame muerte si quieres, aunque sería igual de correcto nombrarme vida. Preguntarte quién soy es complicar este momento, simplemente admite que soy.


Un grave silencio inundó la negrura del ficticio espacio, que paulatinamente se había generado en el lugar que hacia unos segundos ocupaba la espiral.
Pasaron varios minutos hasta que el joven contestó.
-Irracionalmente confió en ti, seas quien seas ha llegado mi momento de partir, haré lo que me digas, pero antes de nada necesito que me cuente qué o quién eres, o al menos como es la forma correcta de nombrarte, quizá así conozca mas de tu naturaleza y de lo que me espera.

- Aunque digas irracional, por fin entras en razón querido. Por ello te premiaré y contestaré a tu pregunta; yo soy el alfa y el omega. Cierra los ojos.

martes, 16 de febrero de 2010

"Amoris vulnus idem sanat qui facit"

La fría hoja se posaba sobre su cuello, era consciente de que el mínimo intento por escapar le costaría la vida. El reloj había recorrido lentamente un cuarto de circunferencia desde que sus captores se introdujeron en su casa a las afueras de la ciudad, en un primer momento le había parecido que se comunicaban en un idioma desconocido, pero poco después utilizaron un perfecto francés lo que le desconcertó notoriamente, pero aun así, en este momento lo que menos le preocupaba era la nacionalidad de sus verdugos.

Decidió abrir los ojos, su vista se nublaba por segundos, el dolor y el miedo le hacían casi imposible percibir ninguna forma ni color, por lo que se concentró y miró en derredor; pudo distinguir a su esposa amordaza sobre la enorme mesa de caoba negra que presidía de forma majestuosa su anterior comedor, convertido ahora en improvisada sala de torturas. La sangre seca teñía de un tono magenta el rostro blanquecino de su mujer, sus extremidades se presentaban prácticamente rígidas y su pecho se expandía y contraía a una velocidad cuanto menos preocupantes.

Con dicha visión pareció recuperar la lucidez, buscó con la mirada agitada a su hijo, le hubiera gustado girar el cuello para poder recorrer de una forma mas rápida la sala, pero sentía pánico por el cuchillo que le aprisionaba.


  • "¿Dónde está mi hijo?"- balbuceó de forma casi pueril.

  • "Danos lo que queremos y lo recibirás, de lo contrario ya sabes lo que le pasará."


Está mintiendo, se dijo para sí, o al menos eso quería creer. No podía dárselo, conocía las consecuencias que sufriría el y su familia en el supuesto, por lo que armó de valor e intento salvar a su familia.


  • "Deja en libertad a todos y lo tendrás- dijo en tono autoritario"

  • "Jajaja, ¿te crees que puedes engañarnos?, llevamos espiándote años, tu familia no te importa nada, sabemos lo que ocurrió con tu hijo, y respecto a la mujerzuela de la mesa, sabes el tipo de locales que frecuentas"


Su gesto se estremeció, realmente, llevaban razón, hasta ese mismo momento no había sentido un aprecio tan irracional por su familia. El matrimonio con su mujer se sustentaba por la millonaria cláusula que ambos firmaron en caso de separación y ambos de puertas hacia dentro llevaban una vida totalmente independiente, y respecto a su hijo, sí, era su hijo, pero no tal y como el quiso que fuera, se había negado a seguir sus pasos y poseía un carácter cada vez mas díscolo.

Debía encontrar alguna solución, él era el único que conocía donde lo ocultaba, además si intentaban forzar la caja, las alarmas de la jefatura de policía saltarían de inmediato. Ellos sólo estaban allí por él, su familia era un mero daño colateral que utilizaban para presionarle, estaba seguro de que no matarían a nadie si el no podía darles lo que buscaban, era demasiado arriesgado.

Por un momento, recordó sus momentos felices con su mujer, revivió el nacimiento de su hijo y lo más grato que los tres habían vivido, se armó de valor y se apretó sobre la hoja afilada, antes de perder la conciencia notó como la sangre le caía por el pecho. Esa última sensación de calor venía acompañada de la mayor satisfacción que jamás podía haber imaginado sentir.